Jesús
Eduardo Vaz
Por la
Dra. María Matilde Suárez
Investigadora
En Enero de
1970, Ucera, un pequeño caserío del Estado Falcón,
cercano a Coro, interrumpió su rutina de todos los días
con un hecho inusitado que conmovería el lugar para siempre:
anochecía cuando una estela de luz y un ruido estruendoso
anunciaron que había caído en las cercanías,
felizmente en un campo deshabitado, un meteorito de cinco kilos
que dejó como huella un cráter impresionante de
dos metros de diámetro. La noticia llegó a oídos
de Jesús Eduardo Vaz, quien no perdió ni un minuto
en llegar a Coro. Acababa de ingresar al Instituto como Investigador
Temporal y sin abrigar la menor duda, animado por el entusiasmo
de aquel hallazgo, cargó con el meteorito de Ucera y se
lo trajo al Laboratorio de Geología Nuclear. Estuvo estudiando
durante siete años su composición química,
identificando sus minerales y estableciendo el gradiente térmico
que se produjo dentro de él cuando caía a través
de la atmósfera. Con los resultados obtenidos desarrolló
una metodología que permite conocer, además de las
temperaturas Internas, la orientación que el meteorito
traía cuando atravesó la atmósfera terrestre,
después del largo viaje iniciado en el enjambre de asteroides
que llenan la inmensidad de los espacios entre Marte y Júpiter.
Aquel objeto
planetario se insertó como un paradigma en la investigación
que Vaz venía desarrollando en el área de las radiaciones
nucleares y sus efectos en las propiedades termoluminicentes de
los minerales, dando origen a su proyecto sobre el estudio mineralógico
y termoluminiscente de los meteoritos pétreos.
Vaz se había
graduado de Bachelor of Science en Geología en la Universidad
de Kansas en 1963, y había obtenido los títulos
de Master of Science en Geología, también en la
Universidad de Kansas, en 1965 y el Ph.D. en Geoquímica
en la Universidad de George Washington en 1969. Mucho tiempo antes
había cursado unos años de bachillerato en un colegio
modelo, por la calidad y la exigencia de su plantel docente, fundado
por el Doctor Juan Pablo Izquierdo con el nombre de Colegio Lincoln,
en la Colina de Los Caobos, en Caracas, al que yo también
asistía. Compartimos esa temprana experiencia formativa
que hoy es un grato recuerdo y después, porque son así
las coincidencias, lo reencontré cuando ingreso al Departamento
de Antropología del Instituto en 1972, como Investigador
Asociado y Jefe del Laboratorio de Arqueometría.
Sin embargo,
su carrera de investigación había comenzado en 1964
como asistente en los laboratorios del Departamento de Geología
de la Universidad de Kansas, y como Investigador Asociado, entre
1965 y 1966, en la categoría de los más jóvenes,
en los Laboratorios del Departamento de Física del Estado
Sólido en el Laboratorio Nacional de Brookhaven, Long Island,
New York. También trabajó en los programas de enseñanza
del Departamento de Geología de la Universidad de George
Washington entre 1966 y 1969 y fue investigador Invitado en la
División de Geofísica Teórica entre 1967
y 1969 del United States Geological Survey con sede también
en Washington.
Cuando comenzó
a trabajar en el Departamento
de Antropología, había terminado como proyecto
de investigación el análisis geoquímico de
algunos minerales entre los cuales destacaba el circón.
El estudio de la termoluminiscencia de aquella piedra transparente
como un brillante o verde como el agua del mar, entre otros colores
fue el tema que desarrolló en su tesis de doctorado y motivó
sus primeras publicaciones en las que estableció la relación
entre el daño producido en el mineral por su propia radiación
nuclear y su termoluminiscencia, así como la aplicación
de dicha relación para el fechamiento geológico.
Igualmente, había trabajado en los efectos del micro-clima
en la temoluminiscencia de la calcita y había desarrollado
un novedoso método de prospección de minerales radiactivos
en los depósitos de torio encontrados en el Cerro Impacto,
en el estado Bolívar.

Al asociarse
con los arqueólogos, principalmente con el fundador del
Departamento, el Profesor José
María Cruxent, se encaminaron a desarrollar un método
original que permitiera determinar el lugar de manufactura de
las cerámicas recolectadas en sitios arqueológicos.
De ahí en adelante, la aplicación de la termoluminiscencia
produjo resultados en publicaciones y congresos, que identificaban
sitios de procedencia diseminados en las Américas y Europa.
Las pintaderas del Orinoco medio, estado Falcón y la determinación
de los orígenes europeos de la cerámica mayólica,
se incorporaron a su trayectoria como una vertiente pionera, puesto
que era la primera vez que la temoluminiscencia era aplicada a
las cerámicas arqueológicas buscando orígenes.
Tuvo un acercamiento similar a la geología, estableciendo
la edad temoluminiscente del complejo cuaternario de Timotes,
estado Mérida, de los sedimentos encontrados al sur del
estado Anzoátegui y de las dunas fósiles de Apure.
Además, desarrolló con otros colegas del exterior
un método de exploración petrolera mediante dosímetros
temoluminiscentes que fue puesto a prueba en Israel y en China.
Entre el enorme
cúmulo de trabajos y resultados precedentes de fechamientos,
radiaciones nucleares, aluviones, cerámicas, dosímetros
y yacimientos de hidrocarburos, Vaz logró momentos para
no descuidar su vocación natural por el deporte. Desde
muy joven cultivó el ejercicio físico, el boxeo,
la natación y el tenis, práctica en la que perseveró
para mantenerse en forma. Merecidamente y produciendo excelentes
beneficios para el Instituto, fue coordinador de deportes 1983
y 1990. Además del deporte, la música fue primordial
en su vida. La búsqueda de la perfección en los
sonidos, el uso de los equipos más avanzados para escuchar
famosos conciertos y su computadora, de la que nunca se separó,
representaron para él fuentes constantes de íntima
satisfacción.
Su currículo,
además de ser prolijo y continuo, muestra la imagen de
un investigador original que utilizó, en forma equilibrada,
enfoques interdisciplinarios. Muestra además que fue un
colaborador institucional. Se ocupó de la Caja de Ahorros
del Instituto, fue miembro de las Comisiones de Tecnología
y Seguridad Nuclear, de la comisión de Estudios y a través
del Centro Tecnológico prestó innumerables asesorías
y servicios a instituciones del país y del exterior en
el área del fechamiento geológico y arqueológico.
Estuvo vinculado por más de de quince años a distintas
comisiones técnicas del antiguo Conicit. Perteneció
además durante siete años a la Comisión de
Área de Ingeniería, Tecnología y Ciencias
de la Tierra del sistema de Promoción al Investigador.
En 1991 dirigió
la Unidad de Tecnología Nuclear. El pasado 16 de diciembre
de 1999 fue nombrado Investigador
Emérito. Alcanzó la cúspide de escalafón
académico en el Instituto por haber respondido con excelencia
a los desafíos que le planteó su carrera académica.
Rebecca Powell, su esposa, ha sido un pilar en esa estrategia
de investigación marcada por el logro. Ella ha estado a
su lado desde que él estudió en los Estados Unidos,
tuvieron tres hijos, grandes y hermosos, y ambos disfrutaron del
deleite espiritual que significan los nietos.
Jesús
Eduardo Vaz cumplió con su deber, puso en práctica
una noción de integridad que le ha valido amigos entrañables
entre los cuales me encuentro y se labró, a base de esfuerzo
y dedicación, una dilatada trayectoria académica.
Es por ello que los valores de mérito, premio y reconocimiento,
han sido otorgados como el mayor homenaje que el Instituto ofrece
a sus Investigadores.
El sábado
20 de marzo, 2004, Jesús Eduardo Vaz se fue al cielo tan
rápido como llegó a la tierra su famoso meteorito
de Ucera en 1970. Se fue de la cancha de tenis mientras jugaba
su deporte favorito, dejando tras sí una estela parecida
a los destellos verdes y brillantes del circón que formó
parte de su vida en el laboratorio. Su recuerdo será perdurable
en nuestra memoria que nos quedó marcada por su honorabilidad,
afecto y compañerismo. Es por eso que aunque no estés,
sigues siendo de los nuestros, amigo siempre.